domingo, 27 de mayo de 2007

Primaveral


La primavera huele a deseo por todas partes. Supongo que aun más si estudias en el jardín de las delicias y/o eres viandante habitual de las ramblas o el paseo de Gràcia. Todo el mundo sabe que si sigues la flotación ambulante de un copo de algodón en primavera, irremediablemente éste irá a parar al atisbo de tanga blanco permitido por unos vaqueros piratas. (Todo el mundo lo sabe porque ésa es la función simbólica del copo de algodón en la cultura mediterránea). (Todo el mundo sabe) Que después de puntillear los asomos de nalga, el copo bailará a su presa rodeándole la cadera, se alejará medio metro, volverá hasta el vientre, rebotando y volviendo a botar en la cintura, donde ascenderá serpenteando y quedando levemente enganchado al piercing del ombligo, en la primera efímera impresión de convertirse en presa. Primer escollo superado, el copo duda si batirse a volar o ceder, con rodillas débiles, a la tentación. Unos segundos alejado son suficientes para que sus dudas se resguarden con él bajo la camisetita verde de algodón con topos blancos. Y allí descubrirá los encantos de la blancura de una piel protegida ahora por un leve sostén. El canalillo que le sirve de tubería para salir de nuevo a la superficie le hace finalmente desistir por ansiedad y alejarse hasta una flor, aunque los designios del viento, la desidia moral y la falta de fuerza de voluntad le harán ineludiblemente volver, atraído de forma concéntrica, otra vez, hasta su centro, enfocado ahora en la clavícula de su presa, desde la que dibujará un ascenso intermitente y dubitativo de nuevo, acariciando el cuello hasta sentirse presa él definitivamente, por segunda vez papeles cambiados, enzarzado en su cabellera rizada, de donde tan sólo podrá escapar cuando, incomodada por tu mirada, ella se vuelva en un altivo, coqueto, flamenco, girar de cuello, sonrisa, guiñarte el ojo. Y tú verás el copo libre, enajenado en un constante vaivén, dando bandazos, descontrolado, ascender para deslumbrarte al traslucir el sol, descender para aun rozar siquiera alguna pierna, algún brazo, dedos finos. Lo verás atravesar la calle, saliendo rebotado de grandes carteles con bellezas matemáticas de Lise Charmel, Dolce & Gabanna, Calvin Klein o Punto Blanco. Y pensarás que aquella chica te sonrió por simpatía, sólo eso, pues en el cartel donde ha quedado atrapado tu copo se reflejan sus deseos, se refleja que ahora las esperas en las paradas de autobús también van a devorar autoestimas masculinas, novedad de temporada en primavera, y tu mirada se inclinará un poco más como si alguien te apretara en la nuca, como tantas miradas, tan poco altivas, tan poco coquetas, tan poco flamencas, tan poco darse la vuelta y guiñar un ojo.

No hay comentarios: